Me levanté y aún seguía dormido. No quise ni besarle. Pensé en irme sigilosa pero no podía. Usé mi imaginación y determiné quedarme y llegar más allá, a su corazón. Le miraba desde la puerta y me volvía el sentimiento de nervios, tenía que usarlos para algo que no fuera romper su momento de paz. Me encaminé a la cocina y me puse a investigar. Lo que más me gusta del mundo en sumergirme en algo químico como la poesía o la cocina lo son para mí, quizás por eso de ser una brujilla... 《¡Qué gracia! 》, iba pensando para mí misma y sonriendo.
No había mucho en la nevera, todo era como de soltero solo medianamente organizado pero tirando a lo bajo. Mucha cerveza, vino y cognac. Eso me gustaba, podría arriesgarme a la expulsión de aquella casa si los usaba y no lo compensaba bien. 《En ese caso, sería un capullo》pensé con una sonrisa ácida. Así que me puse a cocinar con tranquilidad y sin hacer ruido, más que nada porque odio que me interrumpan.
Cuando se levantó estaba todo casi listo. Pero no sé qué pasó. Solo puedo recordar por partes porque mi memoria, como yo, esta muy vieja y cansada. Me viene un reflejo de incertidumbre a la cabeza, creo que Ariel estaba sorprendido. También creí siempre que no sabía expresar lo que sentía tal y como los sentimientos le hacían vibrar. Yo solía pensar que esas vibraciones hacían que las personas manipulables se desviaran y tomaran otras conductas a las esperadas. Les pasaba a mis padres, a mis amigas, a todo mi entorno y a cualquier humano, cualquier animal.
Al estar acostumbrado a levantarse tarde los días de fiesta, no puso muchas pegas para comer, después de un café. Después vimos una saga espacial. De esas que se modernizan y se convierten de filosofía a embargo de conciencia. Pero todo parecía aislado del estúpido mundo a su lado. Era como flotar mediante sobre un reloj antiguo. Era como evadirse. Y nada, nada, era nunca aburrido. Excepto sus charlas sobre el tabaco. Aunque yo quería dejarlo. Pero eran aburridísimas. Como ir a misa después de una rave. Algo así. Sin embargo, mi mundo era un circo de oro y maravillas extranaturales e intrópicas bajo una carpa de ensueño, cobre, esmeraldas y rubíes. Era como estar puesta de opio o vaya usted a saber de qué. Un porte estúpido vestía a mi sonrisa que, a su vez, llenaba mi cara de una semejanza al éxito del lívido y el orgasmo pero en una versión superior.