Si alguien le hubiera dicho a tiempo lo que significaba el silencio y la calma del viento, habría matado directamente a su oponente. Pero su tierra practicaba religiosamente el pacifismo y ella no era una irresponsable. Paradójicamente, debió seguir sus instintos y clavarle una espada, partirlo por la mitad, en vertical y acabar con su epidemia.
《Todavía eres joven, cambiarás de parecer ante el dolor con los años y cambiarás tus reacciones y tu respuesta. Ya lo verás...》. El consejero en quien más confiaba, le había dicho esas palabras que siempre volvían a resonar en su cabeza cuando era un poco más inocente pero también irascible. Más que ahora. Pasaba el tiempo y le iba dando la razón, parcialmente, cada vez más. Pero no todo se soluciona con estar de acuerdo en algo, el frente no se resolvería solo por hablar y eso lo sabía porque ya lo había intentado. No obstante, si ya tenía armas encarnadas, disponibles para una defensa inminente seguida de ataques sin compasión, debía dar el paso siguiente, forzada por sí misma y sin ninguna gana de hacerlo. Tendría que ir al templo abierto, donde no hubiera ningún protegido resguardado o rezando y meditar, meditar hasta llegar a una solución. Si algo había aprendido es que muchos detalles se escapan por no pensar fríamente y, además, cuando tú misma piensas atacar, hay que tener una estrategia y algo planificado: 《aunque todos conozcamos la facilidad con que los planes se van a la mierda, hay que tener uno》, era la frase estrella de Verdara, siempre que la decía, un par de brillos como estrellas iluminaba sus pupilas, a saber por qué.