A veces me pregunto por qué Londavón no había muerto. La sangre le corría por las venas inmerecidamente. Se había quedado sin ejército y sin apoyo, sólo su madre, firme pero convaleciente, no le negaba el saludo.
Todo se hacía cenizas en manos de Verdara. En sus ojos verde vivo, luminosos por la ira, crecían llamaradas de odio que no podía controlar. Se le afilaron los colmillos tanto que, rajaban como cuchillas sus labios gruesos, acorazonados. Se le iban pegando las inacabables pestañas negras, tan largas y espesas en los extremos como un bosque del norte de Asdaria. Toda su culpabilidad se concentraba en sus lágrimas y las culpaba de parecer vulnerable a pesar de que todos la consideraran dura, fría e inamovible. Tres lamentos después, llevaba a cabo su rutina de levantarse y no expresar nada más, guardarlo todo y ser fuerte por su tierra y sus protegidos; podría ser un monstruo, pero nunca más vería morir a una niña antes sus ojos por perderse durante días entre sus delicados sentimientos, si el mundo la necesitaba, era señal de que no debía abandonarlo aún. Se concentró con fuerza y sacó sus garras de diamante y hierro grueso forjado. La magia funcionaba por la ira con rapidez y solo podía pensar en la venganza contra los traidores que habían sumido su tierra en dolor y suelo empapado de sangre.